La verdad es que siempre había pensado que si alguna vez contaba mi
historia, sería al ritmo de una canción de McFly. La pondría de fondo, a un
volumen cincuenta decibelios menos del que pondría normalmente, en el
tocadiscos viejo, de plástico y a pilas que guarda mi madre en lo alto del
armario. Elevaría la antena de la radio, aunque luego lo que sonara fuera un
disco, y arrancaría del asa por trigésima vez esa estúpida pegatina de Bob
Esponja que regalaban el año pasado en el Mc Donald. Luego me encerraría en la
terraza, me pondría los cascos, me sentaría en el borde del balcón con las
piernas colgando entre las barras de acero de la barandilla, y con el dedo
índice de mi mano favorita pulsaría el botón del “play”, que lleva manchado de
laca de uñas rosa desde las Navidades del año pasado. Y entonces comenzaría a
sonar la música, y yo cerraría los ojos, y ese “better run for cover” se
perdería tras mis párpados, al ritmo desenfrenado de mi respiración en los
tímpanos…
Pero nada de eso ha sido posible.
Aquí estoy, sentada en mi escritorio, sin música, en silencio. ¿Qué digo? ¿Qué pienso? Tendría que llover pero no llueve. Tendría que querer salir a disfrutar del cielo azul pero aquí estoy, sola. Es la tarde más bonita de la historia, pero… no puedo salir fuera. No quiero que nadie me vea, ni que me miren, ni que me hagan caso siquiera. Hoy tengo ganas de no existir, porque no creo que haya nadie por ahí dispuesto a escuchar a una chica sin nada que decir.
¿Qué digo? Estoy atrapada en esta maldita habitación con las paredes
rojas y el suelo a cuadros amarillentos. Estoy atrapada entre estas cuatro
esquinas que me han visto crecer, y sobre las que de niña garabateaba caritas
sonrientes. Estoy atrapada en una jaula de fotografías, llenas de caras, de
sonrisas… Pero yo no salgo en ninguna de ellas.
No es justo, nada en absoluto. ¿Dónde está la lluvia? Tendría que llover,
pero no llueve… Tendría que llover, pero ni siquiera el cielo está de mi parte.